Descubrimiento de Machu Picchu
El descubrimiento científico de Machu Picchu
fue realizado por Hiram Bingham, un historiador norteamericano
descendiente de misioneros, y nacido en 1875 en Honolulu, Hawái. En 1909 fue invitado
por el prefecto de Apurímac don Juan José Núñez para desde Abancay hacer una exploración
hacia Choquequirao y estudiar lo que entonces se creía era la última
capital de los Incas. Desde finales de la época colonial se habían
creado muchos mitos sobre la existencia de los tesoros de los
Incas, con lo cual era común encontrar buscadores de tesoros ávidos
por llegar a esa última morada de los Incas. Esa misma intención motivó a Bingham
para estudiar crónicas y aún visitar archivos españoles y posteriormente en 1911
volver al Perú con la finalidad de hacer estudios de geografía, geología y botánica,
y por supuesto, también para tratar de encontrar esta última ciudad Inca. En el
Cusco, Alberto Giesecke compatriota suyo, y rector de la Universidad
local, le indicó que en enero de 1911 había hecho un viaje hacia el Valle de la
Convención y que un mestizo llamado Melchor Arteaga había visto construcciones
incas prometiéndole llevar en la época de sequía. El 23 de julio de
1911 Bingham se presentó a Melchor Arteaga con un policía, el Sargento
Carrasco que lo acompañaba por orden del gobierno peruano, y dos miembros de su
expedición. El día siguiente y luego de un agotador ascenso, al medio día llegaron
a una choza donde encontraron a Anacleto Alvarez y Toribio Richarte, dos humildes
agricultores que junto a sus familias vivían en el lugar por unos cuatro años y
cultivaban las terrazas prehispánicas. Luego de un breve descanso los campesinos
proporcionaron a Bingham un niño de 8 años para conducirlo junto
a su escolta militar hacia las edificaciones parcialmente cubiertas por la vegetación
enmarañada. Es así como Bingham a los 35 años de edad tropezó con
Machu Picchu; acontecimiento fortuito que puso de manifiesto un
gran descubrimiento, el 24 de julio de 1911.
Posteriormente Bingham volvió a Norteamérica para organizar una
expedición multidisciplinaria y para buscar apoyo económico que le fue otorgado
por la Universidad de Yale y la National Geographic Society. De vuelta en el Perú,
frente a la petición de Bingham para ejecutar trabajos en Machu
Picchu, mediante decreto del 31 de octubre de 1912, el gobierno peruano
lo autorizó a realizar los trabajos proyectados, autorizándole además de acuerdo
a su artículo cuarto, a sacar libremente del país las piezas obtenidas durante sus
exploraciones pero con el compromiso de devolverlas a simple solicitud del Perú.
Esta autorización hizo un daño irreparable a la herencia cultural del Perú, porque
esos objetos sacados en 1912 aún se mantienen en la Universidad de Yale. Fue en
1912 cuando se limpió la vegetación, se hicieron excavaciones extensivas y se encontraron
casi todas las tumbas en los alrededores de Machu Picchu. Tiempo después, debido
al éxito rotundo de las publicaciones de Bingham en EEUU se decidió
organizar una nueva expedición para 1914-15. En esa oportunidad se realizaron los
trabajos sin un permiso previo, con lo cual hubo graves denuncias y una fuerte oposición,
por lo que en agosto de 1915 Bingham tuvo que huir del Perú.
Hiram Bingham y sus expediciones trabajaron intensivamente en el
parque arqueológico excavando prácticamente cada metro cuadrado en Machu Picchu.
En sus alrededores hallaron tumbas antiguas y 174 momias siempre
acompañadas de sus objetos de uso habitual incluyendo vestimenta, cerámica, alimentos,
adornos, etc. Al final de sus trabajos Bingham informó que ningún
objeto de metal precioso fue encontrado en Machu Picchu, lo que
hoy se refuta por la versión de la viuda de Agustín Lizárraga y
sus descendientes quienes aseveran que ese intrépido joven campesino, y antes del
arribo de Bingham, en sus exploraciones en búsqueda de tierras
cultivables allá por el año de 1900 llegó a la ciudad perdida. Se indica que en
varias visitas encontró en algunos nichos objetos de cerámica, piedra, oro y plata;
objetos que vendía a un conocido comerciante rico del Cusco. Es
posible que ningún otro campesino aparte de Lizárraga haya profanado
el lugar porque en la sociedad tradicional Andina se guarda siempre un respeto y
reverencia ancestral hacia las huacas antiguas y aún más hacia las tumbas
de antepasados que no pueden ser profanadas en la creencia que están protegidas
y el profanarlas acarrea desgracias, enfermedades, muerte y otras maldiciones.
Entre todos los misterios de la ciudadela se suma la incógnita de cuáles fueron
los hallazgos de Bingham, y realmente qué cantidad deposito en
la Universidad de Yale. Aunque ya se devolvió una parte de lo sustraído, los peruanos
y el mundo entero tienen la esperanza que algún día todos los artefactos enumerados
por Bingham regresen a Machu Picchu porque le
pertenecen.
Fuente de Informaciónwww.Qosqo.com